La llegada de Leonel Fernández a la presidencia de la República Dominicana, en agosto de 1996, marcó un punto de inflexión en su historia: un parteaguas en la sociedad, en la política y en la economía del país. Bajo la visión y dirección de aquel joven y experimentado político de 42 años -ajeno a la élite económica y política dominante de la República Dominicana-, el país hace su entrada al siglo XXI: su acceso al poder supuso una profunda transformación de la sociedad dominicana a todos los niveles.
Una nueva generación se hacía cargo del destino de la república. Nuevas alianzas impulsaban la modernización del país. Un líder de origen popular, al que no le era ajena la diáspora -base importante de la dinámica económica del país y con impacto en la identidad dominicana-, ofrecía a la ciudadanía un proyecto de país fundado en cambios sustantivos hondamente arraigados en la democracia. La construcción de un nuevo Pacto Social, orientado a institucionalizar, modernizar y relanzar el proceso de transición democrática del país, fue una audaz iniciativa política que tenía un ambicioso objetivo: crear una nueva República Dominicana.
Leonel Fernández tomaba así distancias de los numerosos ayeres del país y de sus muchos fracasos. En su mente no figuraba la posibilidad de repetir aquel pasado, sembrado de inestabilidad institucional y de frustraciones, sino una imagen del futuro que quería para su gente, la del país, y de las reformas que harían posible ese futuro.
De 1996 a 2026
Transcurridos 30 años de su primera presidencia, las grandes transformaciones sociales impulsadas nos permiten afirmar dos hechos de trascendencia histórica. El primero: el presidente Fernández impulsó una refundación del Estado dominicano y una decisiva transición democrática sobre nuevas bases. En esta perspectiva, su gobierno rompió con la tradición autoritaria del sistema político dominicano, persistente aún desde la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo, tras los vanos esfuerzos por construir una democracia, encarnados por Juan Bosch y el Partido Revolucionario Dominicano (PRD).
Bosch y el PRD fueron los portadores de un proyecto de corte nacional-popular democrático que rompió con la tradición de la oligarquía tradicional y de los intereses norteamericanos. El segundo: las reformas y políticas públicas impulsadas por el presidente Fernández para la refundación de la república han tenido un impacto en “la longue durée”, la larga duración, a la que se refería el historiador francés Fernand Braudel.
Por otra parte, aquellas reformas hicieron posible algo que muchas veces se olvida: el conde Alexis de Tocqueville decía que “América Latina no soporta la democracia”, y el mérito indiscutible de esta gestión de gobierno fue precisamente instaurar y arraigar la costumbre y la cultura de la democracia en nuestra sociedad.
Las nuevas generaciones no son conscientes de que la estabilidad institucional que tenemos hoy en la República Dominicana no nació de la nada, sino que para ella fue fundamental el papel que Leonel Fernández desempeñó como artífice de nuestra democracia, al origen de los avances socioeconómicos y democráticos de la sociedad dominicana de nuestros días.
Laura Faxas
Artículo de opinión







