Luces y Sombras del Apagón – Por Francisco Luciano

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Por Francisco Luciano

En el corazón del barrio Buenos Aires de Herrera, Santo Domingo Oeste, el sol de los primeros días del mes de julio 2025 abrasaba el asfalto agrietado. El aire denso, cargado de humedad, se mezclaba con el olor a fritura de los puestos callejeros y el zumbido de las plantas eléctricas, que luchaban contra los apagones como soldados exhaustos en una guerra sin fin. En una esquina bulliciosa, la carnicería de Miguelo era un faro de rutina: allí se cortaba carne, pero también se troceaban chismes, preocupaciones y, a veces, esperanzas.

Laura, de sesenta y cinco años, caminaba esa mañana con un paso ligero, como quien lleva buenas noticias en el alma. Su piel color canela, curtida por el sol, y su moño apretado hablaban de una vida de trabajo duro. Siempre seria y prudente, ese día llegó distinta: una sonrisa nueva le iluminaba el rostro, como si el destino, por fin, le hubiera guiñado un ojo.

—Pésame tres rabos de vaca, dos pollos enteros y un filete grande, de los buenos —pidió con firmeza, sin regatear.

Miguelo, que la conocía de años, alzó una ceja.
—¿Te sacaste la loto, Laura?

—No, hombre, nada de eso. Es que a Rafael, mi marido, le va bien con el gobierno del cambio. Está vendiendo inversores y baterías. ¡Con estos apagones, se está forrando!

Miguelo cortó los rabos en silencio, masticando una punzada de envidia. Recordó a otros clientes que entraban cabizbajos, pidiendo una libra de carne y llevándose apenas media de hueso. La vida se le encarecía a él también: el alquiler subía, la gasolina estaba cara y la factura eléctrica parecía una sentencia. Y, sin embargo, ahí estaba Laura, prosperando en medio del caos. “Al menos alguien le encontró el lado bueno a la desgracia”, pensó.

—¿Y qué hace Rafael exactamente? —preguntó, mientras envolvía la carne.

—Instala inversores, vende baterías, repara las usadas. Dice que, con los apagones, el país entero es su mejor cliente.

En ese momento, la puerta se abrió. Un joven con camiseta sudada y billetes arrugados entró.
—¿A cómo la libra de pollo?

—A noventa —respondió Miguelo.

El joven frunció el ceño, contando su dinero. Terminó llevándose media libra.

Laura se despidió con una sonrisa, sus bolsas repletas, y se perdió en el bullicio de la calle: el reguetón atronando desde una guagua, los motoconchos pitando, el grito de un vendedor de mangos. Mientras caminaba, pensó en Rafael, en cómo había transformado el apagón en oportunidad. Por primera vez en años, el futuro no le sabía a resignación.

Miguelo, desde la carnicería, la vio alejarse. Luego miró al joven, que salía cabizbajo con su pequeña compra. Apretó los dientes. La desigualdad tenía rostro, cuerpo y olor a sudor. En ese instante, comprendió algo sin ponerle palabras: no bastaba con adaptarse al sistema; había que transformarlo.

Esta escena cotidiana, aparentemente trivial, desnuda la fractura social que persiste en nuestras comunidades. Cuando el bienestar depende de la astucia para aprovechar el caos, y no de la garantía de derechos básicos, vivimos más cerca de la jungla que de la república. Un país donde el negocio más rentable es vender lo que el Estado no provee necesita repensarse.

El progreso verdadero no debería medirse por el ingenio de unos pocos para sobrevivir al apagón, sino por la voluntad colectiva de encender una luz duradera para todos. Porque la justicia social no se define por cuántos prosperan en el desorden, sino por cuán pocos quedan atrás cuando el orden se restablece.

El autor es docente universitario y dirigente político.

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